domingo, 15 de mayo de 2016

Reikiavik, mucho más que una partida de ajedrez



TÍTULO: "Reikiavik"
AUTOR: Juan Mayorga
INTÉRPRETES: César Sarachu, Daniel Albaladejo, Elena Rayos
DIRECTOR: Juan Mayorga


No tengo ni idea de jugar al ajedrez, no sé cómo se mueve ninguna de las piezas. Tampoco es que sea muy ducha en la historia de la guerra fría aunque me suena algo más de cuando la estudié en el colegio. Por estas razones estaba un poco reticente a ir a ver “Reikiavik” la obra de Juan Mayorga de la que había escuchado críticas muy elogiosas. Pero bueno, finalmente y ya que una de las paradas de su gira me pillaba cerca, me decidí a ir.

Reikiavik nos cuenta de una manera muy original la historia de la rivalidad ajedrecística de dos grandes: Bobby Fischer y Boris Spasski que durante un campeonato mundial de Ajedrez fueron poco menos que los adalides involuntarios de los dos grandes bloques enfrentados en la guerra fría: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Así, con esta función, Juan Mayorga nos imparte una lección de historia a través del relato de un hecho puntual y podría parecer que no tan trascendente desde el punto de vista histórico. Eso me ha gustado porque realmente son los pequeños acontecimientos los que conforman la historia, y es cierto un ligero cambio en ellos puede llegar a trastocar todo lo que nos rodea.

Los tres actores que vemos sobre el escenario en “Reikiavik” hacen un ejercicio que va más allá del más difícil todavía, puesto que se enfrentan al reto de contarnos la historia con muy pocos, casi ningún elemento de atrezzo en el que apoyarse. César Sarachu y Daniel Albaladejo demuestran oficio y una gran compenetración en esta tarea. El papel de Elena Rayos podría pasar más desapercibido pero desde luego tampoco es fácil, puesto que ella nos representa sobre las tablas a nosotros, el público que asiste intrigado a la historia de los dos ajedrecistas y por extensión, a la del mundo contemporáneo.

Pero “Reikiavik” no sólo habla de historia, nos habla sobre todo del ser humano y su necesidad de evadirse de la realidad que le rodea y vivir otra vida al menos temporalmente. Eso también me ha gustado mucho.

En cualquier caso, debo decir que esta función no es para todos los públicos, su ritmo es bastante vertiginoso y aunque no son necesarios conocimientos previos de ajedrez o de historia para poder seguirla, no vendría mal un bagaje cultural lo más amplio posible para poder apreciarla en su totalidad. Con todo, resulta interesante verla y no aburre en ningún momento.



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